La pérdida le había desestructurado el día. Cuando creía que había logrado retomar el ritmo del trabajo, después de sus treinta días de vacaciones, porque este año, por primera vez había tenido un mes, el viernes, al levantase, la descubrió. El despertador sonó a las seis, como todas las mañanas. Se dirigió a la cocina, prendió la luz y allí estaba ella, mirándola con desparpajo, diciéndole con insolencia: “Aquí estoy yo, entré sin permiso, porque si te lo hubiera solicitado, no me lo hubieras dado. Aquí estoy yo, para empañarte esa sensación de alegría liberadora que sentís el viernes, último día de la semana. Aquí estoy yo, para recordarte que la vida es una odisea cotidiana, que siempre te conduce a lo desconocido”. Pero en esto último se equivocaba; conocía mucho de pérdidas, no era la primera vez que el charquito de agua se había instalado muy orondo en su casa y se había visto obligada a convivir con el intruso durante varios días. El talón de Aquiles de ese departamento siempre habían sido los caños; un día tendría que tomar la decisión y cortar por lo sano: cambiar todas las cañerías y cerrar el capítulo de las pérdidas, porque cuando no es en la cocina es en el baño, o en el lavaderito; aunque pensándolo bien no tenía sentido hacer semejante inversión. ¡Qué horror! La casa patas para arriba; albañiles, plomeros, polvo, cascotes, cerámicas…ni pensarlo; lo mejor sería vender. Para qué un departamento tan grande, ahora que se había quedado sola. Pero… ¿de dónde saldría el agua? Eso era lo primero que tenía que averiguar. Si el charco estaba junto al bajomesada, era evidente que el problema estaría en un caño de la pileta. Abrió la puerta y, sobre el estante inferior, descubrió un hilito de agua. Allí estaba la pérdida. Nada grave. A las siete tenía que salir, no podía perder más tiempo. Nada podía hacer hasta la tarde. Puso el agua para el mate, fue al baño, prendió la ducha para que el agua se fuera calentando, volvió a la cocina y se tomó dos mates antes de bañarse. A la tarde, cuando regresase llamaría al portero que para esas cosas se daba maña; en el peor de los casos, mañana sábado habría que caer en un plomero que, seguramente, le arruinaría el presupuesto y se llevaría en dos horas de trabajo las botas que ya se pensaba comprar.
Mientras comía su tostada, se quedó absorta mirando el minúsculo espejo de agua, que ahora le devolvía su imagen; aprovechó para darle un último retoque a su peinado, tomó su cartera y salió: La mañana estaba fresca, se notaba que estaba amaneciendo más tarde. Al subir al colectivo pensó que debería haber puesto un trapo de piso junto al bajomesada para que absorbiera el agua, estuvo tentada de bajar, pero llegaría tarde a la oficina y no tenía ganas de ver la cara larga del jefe y, mucho menos, escuchar ninguna de sus ironías. El hilito de agua era casi imperceptible; la pérdida no era muy grande. Pérdida, qué palabra odiosa, a pesar de que le gustaban las esdrújulas. ¿Por qué le gustarían? Tal vez porque le hacían recordar a la Señorita Azucena de quinto grado, que repetía con su voz chillona, pero dulce a la vez: “Las esdrújulas siempre llevan tilde”. Nunca más se olvidó de ponerles acento. Pero, a pesar de ser esdrújula, “pérdida” era una palabra antipática. Tantas cosas había perdido en su vida: sus padres, que es la ley de la vida, lo natural, pero duelen; su marido, aquella noche cuando le confesó la verdad y sinceró una situación que ella veía sin querer ver desde hacía mucho tiempo; sus hijos, que no los perdió, pero que desde que se casaron no son los mismos. Pérdidas y más pérdidas; la pérdida de la juventud, la pérdida del deseo, la pérdida de tiempo que es la que más le preocupa; el tiempo que va a perder con esta nueva pérdida de agua.
A la tarde, cuando regresó, pensó en tocarle el timbre a Don Pepe antes de subir a su departamento; lo mejor era solucionar el problema esta noche, frente al portero eléctrico, buscando el botón de portería, se arrepintió. Lo dejaría para más tarde; primero tomaría unos mates, luego lo llamaría por teléfono. Al ingresar a su departamento comprobó con alivio que el agua no había invadido el living, que era lo que más le preocupaba, porque el parquet se arruina. Cuando entró a la cocina encontró al invasor, al intruso, al desfachatado charquito de agua que, devolviéndole su imagen por efecto de la luz, le recordaba que allí estaba ella, la pérdida. No había modificado su tamaño; esto la tranquilizó. Tal vez podría esperar a mañana para llamar al portero; estaba muy cansada y prefería ponerse una ropa cómoda y recostarse a mirar televisión o a hojear el diario, que con el día de locos que había tenido en la oficina no había podido ni darle un vistazo. Mañana será otro día.
A las nueve se preparó un sándwich que comió parada en la cocina, observando el charquito que no había modificado su tamaño. Tendría que investigar para saber dónde estaba la pérdida, ¿en el caño de agua caliente o en el de fría? Ya no era hora de estar agachándose y desocupando estantes. El hilito de agua seguía tenaz su cauce pero no engrosaba el caudal de ese pequeño lago que formaba parte ahora de la geografía de su cocina. Pensó en la laguna de Epecuén, en Carué y se quedó dormida.
Lo primero que pensó al despertarse fue llamar a Don Pepe que seguramente le arreglaría ese caño, pero se entretuvo ordenando la casa y cuando miró el reloj ya era la una. Imposible llamar al portero un sábado a esa hora. Debería esperar hasta el lunes; se debe respetar el descanso de los trabajadores. Con esta idea, miró nuevamente el círculo de agua que ahora hasta le resultaba simpático. Se sentó a comer una milanesa con ensalada, observando ese charquito que, convertido en mar, era surcado por un majestuoso transatlántico, donde ella viajaba hacia Europa, París, más exactamente, para distraerse después de aquel desengaño amoroso que le había provocado una grave enfermedad; ese mar que ahora era testigo del beso apasionado, de las caricias, de las palabras sensuales que ese joven susurraba a su oído. Comiendo el postre, el charquito se transformó nuevamente en espejo que reflejaba su imagen, unos ojos chispeantes, una sonrisa pícara, una piel tersa y rosada de veinte años. Volvió a pensar en la pérdida, en las pérdidas…Si la vida fuera una cuenta corriente, como las que manejaba ella en la oficina, ¿dónde se asentarían las pérdidas, en el debe o en el haber? No sabía responder en ese momento, pero estaba segura de que esta nueva pérdida, con charquito incluido, engrosaría la columna de su haber.
Mientras tomaba el café, frente a su charquito, reflexionó acerca de su obediencia, su docilidad, su discreción: no había modificado su volumen ni su forma, no se había movido, no había protestado; se había limitado a mostrar sus virtudes, como diciéndole: “Mirá qué bueno que soy”.Observó su sonrisa en el charquito, mientras pensaba que el lunes tampoco molestaría a Don Pepe por semejante pavada, y mucho menos llamaría a un plomero. Se sirvió otro café, tomó la lapicera y sobre una hoja en blanco garabateó:”La pérdida le había desestructurado el día…”
Marta E. Aguña
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